El color de los dieciséis

Juan Antonio Arias Toribio

Ambos se dieron la mano y se sentaron a sembrar muerte en los sesenta y cuatro escaques. Como había ocurrido desde tiempos lejanos, las blancas romperían el hielo, provocarían el envite obligado de las vecinas negras. La misma rutina siempre, esperar la orden y avanzar sin esperanza ni adarga hacia la nada. Los dos jugadores posaron sus ansias beligerantes sobre el tablero, ajenos a la secreta subversión de aquella tarde. Al fin, los peones quisieron dejar de ser los primeros en morir; la asamblea de los dieciséis había acordado una jornada de lucha, unidos sin distinción por color. Como hermanos. Ningún peón blanco cedió ante los golpes de los cinco soldados de falanges y carne; tampoco hubo esquirol entre la recia fila negra de vanguardia. Ni un paso adelante, es decir, ni un paso atrás. El día que los peones hicieron huelga, la partida no empezó. Los caballos saltaron desbocados, los alfiles aplacaron sus ataques diagonales y las torres perdieron sus almenas con la inercia de las páginas del calendario. Como villanos doblegados, los ajedrecistas huyeron frustrados del salón para siempre. Los dieciséis humildes, rebelados contra su vida azacana, acabaron atacando a sus propios reyes.

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